La semana pasada recorrí junto con Dora una parte del río Magdalena. En la sección que corre por los Viveros de Coyoacan, es el último río a cielo abierto de la ciudad.

Atraviesa esa zona, cargado no solo de agua, sino también de la historia de una urbe que le ha dado la espalda. Aunque su cauce aún respira, ya muestra las marcas de la contaminación, como si resistiera más de lo que realmente puede sostener.
Mi relación con los ríos empezó mucho antes, con el Río Lerma en la parte de Salamanca un municipio industrial en el centro de México. Crecí viéndolo contaminado (a diferencia de mi papá quien aún pudo bañarse en el), casi detenido, convertido en un paisaje que uno aprende a ignorar para no incomodarse.
A pesar de eso, había momentos en los que me gustaba no incomodarme, cuando la curiosidad me ganaba y al salir de la primaria, mi amiga y yo bajábamos a sus orillas.
Ahí, entre el bejuco y la tierra húmeda, descubríamos pequeños ecosistemas: insectos, plantas, vida que insistía en existir, incluso en condiciones adversas.
Más de treinta años después, esa experiencia se repite. Cambia el nombre del río, cambia la ciudad, pero no la sensación. Hay tristeza al reconocer que seguimos fallando en cuidar estos espacios. Pero también hay una forma de esperanza, una que no viene de nosotros, sino de la propia naturaleza.
La resiliencia de los ríos no es silenciosa: se manifiesta en cada planta que brota, en cada organismo que encuentra refugio donde parecería imposible. Nos recuerda que la vida no se rinde fácilmente, pero también nos confronta con una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo?
Los ríos no deberían ser símbolo de resistencia, sino de equilibrio. Deberían ser casa, refugio y fuente de vida, no recordatorios de abandono. Tal vez aún estamos a tiempo de cambiar esa historia, de dejar de verlos como desagües y comenzar a reconocerlos como lo que siempre han sido: sistemas vivos que sostienen la vida, incluida la nuestra.
Porque si algo nos enseñan estos recorridos —en la infancia y en la adultez— es que la naturaleza siempre intenta volver. La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de acompañarla.
